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MARTÍN DESCALZO JOSÉ LUIS Razones desde la otra orilla
Este último libro de Martín Descalzo no es fruto de una improvisación oportunista. Lo tenía planeado el autor para cerrar —pensaba él— la colección de sus «Razones», que tan a gusto acogen infinidad de lectores.
Él era el primer asombrado, sobre todo al comprobarlo personalmente en las agotadoras sesiones pasadas en las ferias del libro para firmar sus ejemplares. Por la caseta desfilaba una multitud de gente —no es exageración— que acudían para felicitarlo, para pedir consejo, para rogarle que no dejara de escribir.
Eran las colas más largas de la feria.
MARTÍN DESCALZO JOSÉ LUIS Razones para el amor
Es asombroso: lanzas un día un
pájaro a volar y, de pronto, te encuentras que él solito hace nido en miles de
corazones. Y el primer asombrado es el propio autor. Porque lo que nacía como
una simple serie de artículos circunstanciales y dispersos se iba convirtiendo,
para mí, en un retrato interior y, para muchos, en un compañero en el camino de
la vida. Y fue ese descubrimiento de los que caminaban a gusto a mi lado lo que
me empujó a encuadernar aquellas primeras impresiones en mis Razones para la esperanza, que
tuvo una inexplicable acogida entre sus lectores, que no sólo agotaban sus
ediciones, sino que además me inundaban a mí con su cariño.MARTÍN DESCALZO JOSÉ LUIS Razones para la alegría
Me parece que esa sonrisa es una de las pocas cosas que Adán y Eva lograron sacar del paraíso cuando les expulsaron y por eso cuando vemos un rostro que sabe sonreír tenemos la impresión de haber retornado por unos segundos al paraíso. Lo dice estupendamente Rosales cuando escribe que «es cierto que te puedes perder en alguna sonrisa como dentro de un bosque y es cierto que, tal vez, puedas vivir años y años sin regresar de una sonrisa». Debe de ser, por ello, muy fácil enamorarse de gentes o personas que posean una buena sonrisa. Y ¡qué afortunados quienes tienen un ser amado en cuyo rostro aparece con frecuencia ese fulgor maravilloso!
MARTÍN DESCALZO JOSÉ LUIS, Razones para vivir
Muchos iniciaron su juventud llenos de sueños, proyectos, de planes, de metas que tenían que conquistar. Pero pronto vinieron los primeros fracasos o descubrieron que la cuesta de la vida plena es empinada, que la mayoría estaba tranquila en su mediocridad y decidieron balar con los corderos.
Porque el gran riesgo le la mediocridad es que se trata de una enfermedad sin dolores, sin síntomas muy visibles. Los mediocres son o parecen, si no felices, al menos tranquilos. Y en esa especie de ciénaga tranquila interior es muy difícil que esa mediocridad llegue a hacérseles «insoportable».
Porque el gran riesgo le la mediocridad es que se trata de una enfermedad sin dolores, sin síntomas muy visibles. Los mediocres son o parecen, si no felices, al menos tranquilos. Y en esa especie de ciénaga tranquila interior es muy difícil que esa mediocridad llegue a hacérseles «insoportable».
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