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LOARTE JOSÉ ANTONIO El tesoro de los Padres

Estamos en unos tiempos caracterizados por el redescubrimiento de este gran tesoro de la Iglesia, al que se acude cada vez con más frecuencia para ilustrar aspectos de la doctrina y la espiritualidad cristianas. Sin embargo, en la mayor parte de las ocasiones, esa vuelta a los Padres no rebasa los límites de pequeños cenáculos, por la sencilla razón de que adentrarse en sus escritos no es tarea fácil. Está, en primer lugar, el obstáculo de la lengua (latín y griego, por no citar otras lenguas antiguas), que sólo en los últimos decenios ha empezado a resolverse, mediante la edición de algunas obras en idioma vernáculo; y, más allá de la lengua, la lógica dificultad de establecer contacto con escritores que vivieron hace más de mil años. Por eso, el acceso directo de los Padres sigue siendo un imposible para el gran público.


 


 

LOARTE JOSÉ ANTONIO María una vida junto a Jesús

Escribir una vida de María no es fácil. El Evangelio ofrece pocos datos sobre la Madre de Dios, aunque existen libros que, utilizando los recursos exegéticos, históricos y literarios disponibles en su época, se han ocupado de esta tarea.

A partir del Concilio Vaticano II, los estudios bíblicos han enriquecido notablemente nuestro conocimiento de la Virgen de Nazaret, poniendo de relieve al mismo tiempo el especialísimo lugar que ocupa en la historia de la salvación.

Estas páginas, no tienen la pretensión de ser una narración histórica de la andadura terrena de la Madre de Jesús.

Se trata más bien de una semblanza redactada con lenguaje accesible a todos, pero anclado en los logros de la mariología contemporánea.



LOARTE JOSÉ ANTONIO Los Padres de la Iglesia

 

En el uso de la Biblia y de la antigüedad cristiana, la palabra «Padre» se aplicaba en un sentido espiritual a los maestros. San Pablo dice a los Corintios: «Aunque tengáis diez mil preceptores en Cristo, no teneis muchos padres, porque sólo yo os he engendrado en Jesucristo por medio del Evangelio»  . Y San Ireneo de Lyon: «Cuando alguien recibe la enseñanza de labios de otro, es llamado hijo de aquél que le instruye, y éste, a su vez, es llamado padre suyo». Como el oficio de enseñar incumbía a los obispos, el título de «Padre» fue aplicado originariamente a ellos.