Pasé los primeros trece años de mi vida en Irán, una nación que muchos occidentales asocian con lo tradicional y retrógrado, con chadores oscuros y clérigos adustos, costumbres sexuales severas y bulliciosas multitudes que anegan los viernes las calles al grito de «Alá es grande». Siendo ya un niño que creció en esas calles me empapé de ese juicio y lo hice mío: culpé de todos los males de mi tierra natal a nuestras rígidas tradiciones, las culpé de la represión y las contradicciones y la hipocresía que engendraban.