CIPRIANO Cartas

 Durante una treintena de años el cristianismo disfrutó también de la paz que el gobierno romano otorgó al pueblo judío, no porque la libertad se hubiese concedido de una manera consciente, sino porque ni el gobierno ni el pueblo distinguían entre el cristianismo y el judaísmo. Al principio los adeptos continuaron observando la ley judía en Jerusalén; pero la Iglesia, según los Hechos de los Apóstoles, aumentó rápidamente, pues muchos judíos que visitaban Jerusalén por Pascua se convertían al cristianismo. Al ser perseguidos por los judíos, los dirigentes cristianos enseguida fueron arrojados de Jerusalén a las sinagogas de Samaría y Siria, adonde los siguieron varios de sus perseguidores, entre ellos Saulo. Pronto se predicaría el Evangelio a los gentiles, y los conversos quedarían en libertad para abandonar la práctica del judaísmo. El apóstol de los gentiles podía ya predicar un Evangelio emancipado del judaísmo, aunque la hostilidad de los «judaizantes» le entorpeciese todos los pasos.