En estas páginas propone el corazón mismo de la predicación del Señor: el Padre Nuestro. En él culmina lo que Jesús aspira a lograr con su predicación: filializarnos, introducirnos en el Reino, que no es sino la intimidad de una relación confiada, infantil, dócil y gozosa con el Padre y fraterna con sus hijos. Para lo cual es necesario hacernos como niños. Mientras que en el Sermón de la Montaña Jesús nos revela al Padre hablándonos del Padre, en el Padre Nuestro nos enseña a hablarle al Padre como Jesús mismo le habla, y como ya conoce al Padre. El Padre Nuestro es, por eso, la cima, la culminación del Sermón de la Montaña, su fruto más maduro. Con esta oración Jesús nos inicia al diálogo con nuestro Abbá. Con ella se desencadenó un divino proceso filializador que desde entonces no ha dejado de extenderse por la Humanidad.
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