La presencia del mal en el mundo es un hecho palmario y no algo que requiera demostración. Una dolorosa experiencia universal ha hecho de la existencia del ''misterio de iniquidad" un formidable interrogante para todo hombre en los más hondos momentos de su vida, y ha constituido una de las pruebas más decisivas de la validez de todo conocimiento metafísico y teológico, "no sólo por la corrosiva incidencia que tiene lugar en la existencia real y cotidiana del hombre singular, sino también por la dificultad teorética que su negatividad misma le confiere".
Y esta presencia del mal en forma de enfermedades, guerras, muerte, desolación y otras desgracias se halla tan presente en la vida y en la historia de nuestra humanidad, que no han sido pocos los que han sido llevados a creer que el mal es un hecho que tiene a Dios por causa motriz, o lo que es más grave aún: que la existencia de Dios es incompatible con la existencia del mal, de manera que si Dios existiese, no tendría por qué haber males.

